” Tuvo una infancia feliz, con una madre austera pero un padre fuera de lo común, con carencias típicas de una postguerra pero llena de ilusión y curiosidad. Pronto empezó a trabajar, secuestraron su infancia como a la mayoría de los de su quinta pero no consiguieron quitarle ni la inocencia ni la ilusión. Fue sorteando las vanalidades de la vida, con alguna que otra decepción pero siempre mirando hacia delante, dibujando castillos a su paso ya que los esbozados se iban desplomando como frágil baraja de cartas. Se casó tarde, por amor? por no perder quizás la última oportunidad? por cumplir las normas no escritas de una vieja y estúpida sociedad? Dejó de trabajar y se dedicó a su casa y a su marido: un buen hombre, bonachón, sin mucha iniciativa pero que la quería. Y poco a poco se convirtió en el pilar de aquello que iba tomando forma: su familia.
Sus hijos crecieron, se independizaron y la casa volvió a quedar como al principio, sólo que ahora los dos estaban jubilados y con demasiado tiempo para ver como el tiempo había maltrecho sus cuerpos y descuidado su relación. Él apoltronado en una vieja y roída butaca de la cual no había manera de levantarlo, enganchando sus retinas para todo el día en la caja tonta que tenía justo enfrente, en posición estratégica. Ella todo lo contrario, yendo de aquí para allá, a comprar, a la pelu, a visitar a sus nietos, a ver a las amigas, a comprar, a cambiar novelas a la biblioteca del barrio…tuve la oportunidad de intercalar unas palabras con ella “Le ayudo?” le pregunté, “No gracias cariño, sólo buscaba novelas de amor, te las cambio por éstas que me llevé la semana pasada, toma y gracias, hasta el próximo lunes…”
Quizás sólo nos quede eso…buscar novelas de amor”